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lunes, 14 de julio de 2014

Relatos desde mi buhardilla

Miguel, el pescador de bondades

   Esta noche me he parado ante el número 28 de la calle estrecha que baja al puerto. Un sello de arena de playa ciega las rendijas de la puerta sobre el escalón. La madera vieja va agrietándose como nervios de brazo leñador; las persianas a medio bajar como con prisa, espolvoreadas con motas de salitre, ya gris, pegado a los cristales de las ventanas, con el silencio agarrado a la cal de las paredes. Todo delata que Miguel Aubalat Matamoros y María Sancho hace tiempo que no viven en la casa. 
    Ella se fue casi sin prisa, sin saberlo, en silencio. Miguel marchó tras ella, seguramente, como tantas madrugadas camino del muelle hasta la barca, también “María”, con la chusta del cigarrillo liado a punto de desprenderse, iluminándole como una estrella titilante esos ojos saltones, vidriados bajo aquellas enormes gafas de pasta; hasta que un pañuelo secaba sus incontinentes lágrimas. Lágrimas del deshielo de la roca que talló en su alma tras haber pescado el alma de los hombres al ahogarse en la locura de la mar; y antes, entre ellos, en la guerra civil, en la batalla de Teruel, y luego en el Ebro, casi a la puerta de esta su casa; y muy atrás en el tiempo, en las huertas entre limoneros, olivos, plantas de tomates, sandías, sudando, de sol a sol, bebiéndose el dulzor de su piel, fiel al capataz, en este edén mediterráneo.
   Miguel se fue, ciertamente, tras María por esas esquinas del tiempo que es el olvido, con aquel ramo de flores silvestres cortadas esa mañana tempranera y que con labios temblorosos deja en su haz, mientras le canta viejas coplillas de galanteo, como en las fiestas del Carmen. ¡Cuánto la estuvo queriendo mientras ella se volvía niña!
   En noches como ésta, antes de embarcarse en el sueño, a la penúltima brisa marinera en la puerta, vi a Miguel como escudo, con su leve silueta de huesos, contra un foco infernal de un comercio, para que no deslumbrase los ojos, sus ojos, de ella. Eran los únicos instantes que ambos creíamos que María volvía, asiendo su mano espigada a la callosa, por huesuda como madera de barca, de él, mientras llegaba el apagón, certero y mortal, y con ello el final del día.
   La María se hunde en el puerto, ha perdido un remo y hace agua por babor. 
    Vuelve pronto Miguel que yo no soy carpintero ni sé echarla a la mar. 

Les Cases d'Alcanar.

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