sábado, 8 de octubre de 2022

 Coincidencias

De la Trilogía de Rafael Cabanillas


La voz de los silenciados: Quercus enciende la memoria tras la raya del infinito

Es otoño en el Retiro. En la Biblioteca “Eugenio Trías” un grupo lectoras rodea la mesa donde el escritor Rafael Cabanillas Saldaña (Carpio de Tajo, Toledo, 1959) firma los ejemplares de su última novela Valhondo. Es el tercer volumen de la trilogía “En la raya del infinito” que conforman Quercus (2019), Enjambre (2021) y Valhondo (2022).

Al fondo, Eugenia Barragán lo observa mientras surca una sonrisa y retiene motas de lágrimas en sus ojos: “… me ha devuelto a mi hogar, con mis padres y mis seis hermanos, a las Navidades en las que éramos tan felices con tan poco…, aunque los Reyes Magos no llegasen al cortijo para nosotros, porque no sabían que vivíamos allí; pero mis padres nos hacían reír, jugar…”. Volvía unos días, para entonces, de la Escuela/hogar donde entró con cinco años, interna; su hermana fue con las monjas. En casa, su padre, guarda de finca, llegaba con su salario al pan, y poco más, para tantas bocas; además el señorito “no se podía permitir que un hombre faltase un rato cada día para traer y llevar a sus hijos al colegio”, deja caer entre la ironía y la amargura, pero sin rencor. Triste pobreza llevada con orgullo y fuerza. Su madre, y ellas, siempre repiten que han sido felices; aunque sienten, ahora como madres, el sufrimiento de aquellos días la suya el separarse de sus hijas “para tener una vida diferente”. Es una de las tres mujeres que se “atrevieron” a escribir a Rafael Cabanillas. Mujeres que aprendieron en la dureza de sus vidas “lo que es la dignidad, el amor propio y ese germen de esperanza en que las cosas pueden cambiarse”.

Porque los textos de Cabanillas tienen una carga literaria indiscutible, pero sobre todo emocional y de raigambre en la Memoria Colectiva de los pueblos de los Montes de Toledo. Montes del imaginario que trasponen cualquiera de las cordilleras o lugares de acceso intrincado y aislamiento casi perpetuo. Rafael, escritor rabioso y metódico, crea y narra sus miles de peripecias personales y ajenas, interiorizadas por estos Montes, por África o medio mundo por el que ha vivido, viajado, o representado desde la política (fue director general de Turismo en la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha). Escucharle en lo que denomina ya "Territorio Quercus", en el paraje natural de sus demarcaciones literarias, es un viaje a la historia de la mano de un todavía "joven activista" contra el poderoso y el déspota. Trae al instante, entre jaras, la política y la ética de Aristóteles hasta la duda de Descartes. La muerte o el asesinato, le llegan de la narrativa de Dostoyevski, o de La madre, de Máximo Gorki (y ríe, ríe agradecido por cuantos le leen y le escuchan, y esos son muchos, como en la novela del ruso, "un pueblo que ha sufrido"). Ha escrito una decena de libros que van desde la literatura infantil a la de viajes, y se podría decir que con esta trilogía se ha adentrado en las profundas raíces de la literatura ilustrando como trascendente lo cotidiano en una naturaleza austera, la lucha por la supervivencia, al ser que descubre el Amor, que mata, y que sobrevive entre la esperanza y el desconcierto, entre la sabiduría universal sobre lo que ocurre en esa naturaleza y la ignorancia frente a la cultura oficial (que ha hecho a tantos seres sentirse menospreciados, minusvalorados en sus vidas).

Montes de Toledo. De Blog Almanaque Natural.

    Esta trilogía de Quercus continúa las secuelas de una larga y sutil tradición de denunciar la injusticia, o la soledad entre las vidas de unos protagonistas, que, en el caso de Cabanillas tienen rostro, manos y corazón. Y en nuestra literatura reciente son varias las obras que sirvieron, seguramente, de espejo, aún sin intención exprofeso para nuestro autor, como La lluvia amarilla (1988), de Julio Llamazares, con la soledad y la muerte de los pueblos abandonados; Los santos inocentes (1981), con la dominación inhumana por el capricho de los "señoritos" en sus cortijos, o El disputado voto del señor Cayo (1986), de Miguel Delibes; Réquiem por un campesino español (Mosén Millán en 1953, título actual de 1960), los estragos de la muerte y el miedo, de la religión maldita de los malditos que ganaron y olvidaron el pendón de la piedad, de Ramón J. Sender; Viaje a la Alcarria (1948), el señorito que se pasea por unas tierras yermas por la guerra, el fanatismo de los vencedores y la ignorancia premeditada desde el poder, o La familia de Pascual Duarte (1942) el asesinato y el castigo para quienes ya vivían en cochineras, de Camilo J. Cela; o Doña Perfecta (1876), novela ideológica con la tragedia en ambientes donde el dinero paga asesinos y dulcifica las penitencias para el perdón, de Benito Pérez Galdós. Así innumerables retales y radiografías en la literatura española para recoger los despuntes de lo que llamaríamos, con retranca, la “España profunda” y las consecuencias que ello ha dejado, o ha calado en el entendimiento colectivo por lo que vemos y sentimos alrededor: esa fatalidad que se ha ido pegando como el musgo a las paredes de nuestros pueblos y aldeas, donde los asesinatos, las muertes, o las desgracias parecen tener un eco ampliado por las hoces escarpadas de rocas y montañas; algo que cuesta alejarlo del mundo rural, al que interesó verlo más asilvestrado, y que se mantiene en algunos canales de la sociedad como factor diferenciador.

Quercus tiene mucho de supervivencia, de explotación, de miseria, de Amor, de juicio humano que se salta las leyes injustas impuestas. Abel no llega a ser un maquis, pero se echa al monte durante la guerra civil; sobrevive con ingenio, le guía el orgullo, siente el miedo, conoce el amor, lo disfruta, y, a pesar de poder vivir como un “vendido” opta por la rebeldía y la justicia, aún de su propia mano. El ambiente de la novela cruza dos espacios que se dieron en una generación de escritores, aquella novela existencial de los años cuarenta, y la narrativa de lo social de los cincuenta. El autor viaja de la mano de sus personajes por esa naturaleza salvaje, cruel, pero a un tiempo bella y tierna, exuberante, por matorrales y ríos. Se mimetiza con el paisaje y el paisanaje. Rafael Cabanillas donde vio a su entrañable y serrano “Paquillo” tirar con honda su personaje la lanza con igual tino; donde estuvo la leyenda y cueva del muerto allí planta el cobijo del huido, donde se bañaba con sus hijos, en un remanso del Estena, en pleno parque natural de Cabañeros, allí se arropan los cuerpos de los enamorados bajo tres lunas eternas embrujadas. Y luego, que no tiene, o que sí, mucho que ver con la historia de estos parajes, el dueño de las tierras, del cortijo, "don Casto", el dueño de los montes, el que arremete de hambre a los pueblos. Curioso paralelismo con aquellas biografías de apellidos nobles de andanzas políticas y terratenientes, quienes partían con alambres de espinos los collados y colocaban grilletes a los que se rebelaban contra las leyes que también dictaban, a todas luces injustas, para sus intereses. Tanta tensión acarrea muerte. Primero de corzos, de aves, de hombres y mujeres hambrientos, desechados cuando no son productivos. Ahí surge de lo más interno otro Jeremy Bentham (1748-1832) y su Utilitarismo como filosofía práctica para desencadenar lo que es mejor para la mayoría. La muerte le llegará también al “cerdo”, tendrá su "San Martín".   

    Después de Quercus, ya dentro del territorio de los Montes de Toledo, era muy difícil seguir ese personaje que fue Abel. Surgirá una aparente antítesis de personaje y de ambiente. Tiresias (aquel adivino ciego en la mitología griega, de Tebas, hijo del pastor Everes y de la ninfa Cariclo), es el protagonista de  Enjambre. Aquí los padres son el pastor Jacobo y de una mujer dulce y entregada como es su madre Remigia (igualmente maternal como lo fuera Cariclo con su hijo, y por otros referentes con Aquiles). Todo se mantiene en la raya de lo mitológico y lo real, como en los Mitos. Y aparecen más rayas, la de Portugal, y una ráfaga del vecino Eustaquio, con el que tienen rota toda relación, sin hablarse, como las dos, o las tres, "Españas". La luz está por llegar, y el siglo está más que mediado, casi al final del XX. Lo que llega es la radio, la voz de una locutora en la noche que despierta el espíritu de Tiresias y, a partir de ahí, la obsesión por hablar con quién le habla bajo las estrellas y barniza toda la pobreza y soledad en la que subsiste con sus cabras, lúcido y único, avezado y despierto. Como si hubiera atravesado el Hades, Tiresia recobra la visión hermosa del mundo con unas gafas que por fin le llegan desde el cielo de las ayudas públicas, dígase la administración capitalina; esto embellece la visión del mundo y donde otros seres, como las musas o las ninfas griegas, le llegan de la mano del maestro que lo guía hacia otro universo que, poco a poco, lo va alejando del que era natural. Quizás Cabanillas, con origen del mito de Tiresias, aquel que sintió como hombre y mujer -pues cambió de sexo dos veces por haber matado a serpientes macho y hembra en pleno coito-, y con ello atrajo la atención de Zeus, dote a este personaje del arrojo y fuerza atribuida a lo varonil y la sensibilidad e intuición de la feminidad. Y lo urde en el largo camino de la educación, del esfuerzo, de los maestros..., idea recurrente de Cabanillas el maestro, siempre educare y educere. Y también de un radical que reivindica el no olvido de las tierras que tanto tardaron en tener luz y agua, algunas hasta avanzados los años ochenta, hasta entonces pasto de ganado, caza y campos de tiro (Quercus y su autor movilizando los montes, consiguieron que el expresidente de Castilla La Mancha, José María Barreda, reconociera que no se había hecho todo lo posible con estas tierras, en referencia a la lucha con el campo de tiro de Cabañeros y su posterior despegue socioeconómico). Todo es posible, queda todavía una oportunidad de reequilibrar los mundos, parece decirnos Cabanillas, aunque no se esperan, ni se desean, más dioses.

    Valhondo, la última novela de la trilogía, es aquella que vuelve a lo recóndito del ser humano, pero en su infancia, en su ductilidad, en el alma pura que es capaz de, y a pesar de no tener más que lo indispensable, lo mínimo, manifiesta entusiasmo, puede albergar la esperanza, de la mano del guía, ilustrado en la urbe; juntos caminar hacia la utopía, sin ir muy lejos, que se pierde la realidad. El maestro joven, quizás el autor, se desnuda, en su propia autobiografía, inocente y atrevido, sin complejos. Mete en su maleta la teoría de León Tolstói (1828-1910), y su escuela libertaria “Yásnahia Poliania”, con un cierto aire bucólico cargado también de una cierta "no violencia activa" como aquél anarquista cristiano. Busca la remisión de la condena a la ignorancia, buscará la libertad de todos, sin distinción de edad, de origen, de odio, de muertes a las espaldas, de magia…, de miedo, de abandono, de huida. Un maestro joven en una escuela unitaria en un mundo marcado por otras reglas. Él trae la utopía de un ilustrado, pero no el confort y el palacio, y se encuentra con los restos de una naturaleza sitiada para los dueños, con los rebaños de corzos y ciervos, gamos y jabalíes cebados para la caza del flirteo de los poderosos, con el reciclaje de lo inútil ya, lo poco que no puede utilizarse en los hogares de paredes de cal y camas de hierro cromado, o negro, como las mortajas, con el agua corriendo en los regatos, pero sin baño en las casas, con la carne del furtiveo, y el odio entreverado, la muerte de un resentido, pero también el afecto y la firmeza cumplida de que es posible, lo atisba, un cambio en el ser humano si se hace desde temprano y con fe. Mas, al final, el Amor, quizás el miedo a sucumbir, la búsqueda de otras rayas, hacen perderse entre la noche del deseo y lo real, las ruedas de un vehículo que no volverá nunca por esas carreteras nerviosas, de cúspides de vuelos de rapaces sobre la coronilla, de sonidos marcados por la berrea de los venaos… Allí, el punto y final. Todo quedó quieto. O no. Quizás se pueda volver a empezar. Sergio del Molino, habla de un "carlismo subyacente" muy difícil de erradicar en algunas zonas rurales. Algunos le critican, y hasta ven viejos mitos sobre el mundo rural ya desfasado. Esto queda a cuenta de cada lector que viaje o lea estas novelas y otras que nunca cierran el círculo de la totalidad.
    En estos tiempos convulsos y de graves crisis, como siempre en la historia, se habla de las “rayas” infranqueables, aquellas que no debieran rebasarse por el ser humano. Pero ahí está la “invisibilidad”, aquella que lleva tantos años, como los muebles viejos a los que nos acostumbramos en casa de los abuelos, pero que es el mundo rural, visible sólo para el otro “mundo visible”, el dominante, el urbanita, como escenario de cartón piedra para el uso puntual de retiro, de vacaciones secundarias, fiestas patronales, pasado de infancia impostado. Se discute de si el origen de aquella emigración, para algunos “huida” de la miseria, fruto de una política intencionada que fue vaciando los pueblos, o de una escalada de obligado abandono “preparado”, gestionado desde distintos poderes, con fines muy determinados que producen ese vaciamiento, la “España vaciada”. En ello, la literatura, cargada en distintos momentos de la historia de textos sociológicos o ensayos -como es el caso de La España vacía: viaje por un país que nunca fue (2016), de Sergio del Molino-, se acompañaron antes de otros que dieron ciertos toques de aviso que retomaron determinados grupos sociales que terminaron formando coaliciones políticas (hablamos de la plataforma España vaciada, o Revuelta de la España vaciada en Castilla León, con Soria ya... y tantos otros de las provincias más lastradas, veintitrés que tienen una media por debajo de la nacional, por el fenómeno. Un éxodo que se iniciaba en los años “50” del pasado siglo y que, en este cuarto de siglo, casi del XXI, abarca casi el 90% del territorio español (además de Castilla León, Lugo y Ourense de Galicia, Aragón, La Rioja, Extremadura, de Castilla La Mancha: Guadalajara, Cuenca, Albacete y Ciudad Real, y de Andalucía Córdoba y Jaén. Suponen un 58% del territorio nacional con un 17,2% de población, a finales de 2019 según el Instituto Nacional de Estadística (INE). De una conciencia que no ha desaparecido, de una rabia contenida, y de una desesperación palpable, han surgido grupos y plataformas políticas que están en el Congreso de los Diputados y en distintas administraciones regionales. Al autor Rafael Cabanillas no le toca dar la solución, pero sí dar el grito de atención, del peligro de la extinción de la esperanza.
    Otras mujeres, otros hombres, tuvieron “otra suerte”. Cabanillas presentaba el primer libro, Quercus, en San Pablo de los Montes, su primer destino como maestro, narrando sus experiencias, y cómo su vida había sido marcada por los Montes de Toledo, y por las gentes de aquella tierra, y hablaba de la miseria a la que eran arrastrados muchos guardas o trabajadores de las fincas que rodean el pueblo. De pronto, una algarabía distraía a los asistentes. Ese 24 de julio del año pasado se casaba Carmen Tur de Montis, hija mayor de Francisco de Asís Tur de Montis Figueroa, conde de Yebes, ya fallecido y enterrado en el panteón familiar de los Romanones, en Guadalajara. Un guarda vestía el uniforme de gala para esa ocasión; Rafael no pudo reprimir un “parece que el tiempo no pasa”. Esto trajo cierta polémica en el pueblo, aunque no llegó la sangre al río. A Cabanillas le dolió que ciertos sentimientos, como la gratitud -fruto de la ingratitud-, y el sometimiento, sigan arraigados y que las redes del poder se sustentan en buenos resguardos, leyes y cumplimientos legislativos difíciles de cambiar y hasta de comprender (no hacía muchos años que esa mujer, entonces niña iba a lomos de un caballo con su padre, que no bajó ni permitió discusión, mientras ese guarda impedía con una escopeta el paso a un grupo de reivindicadores de las “desaparecidas” “servidumbre de paso” por las tierras del Conde, coincidencias de la vida). El pueblo arracimado alrededor del coche de los novios no lo veía así. Era un detalle con ellos, tan sencillos, con un presente que ya no tenía sesgos de aquella vidurria y somentimiento. El espectáculo merecía un coro. La televisión sacaría sus bustos y serían ídolos por un instante. Y no es para tanto, la historia ya no es así, nos codeamos con ellos y ya no hay clases, somos todos casi iguales, se decían en los corrillos. Y si no, pregunten a cualquiera qué haría porque eso fuera real, hasta dónde llegarían a apostar o luchar, y no una mentira piadosa para no crearnos conflictos y malasleches. Porque al final ¿para qué?

    "Querido Rafael: mi padre fue gañán, carbonero, segador, guarda... Cruzó la sierra sin descanso, zancada a zancada..." dictan las primeras palabras de la carta de Carmen, nacida en San Pablo.

Al final, Rafael Cabanillas, sigue con su voz intentando hacer un mundo más incardinado a la naturaleza, más habitable, sin compartimentos estancos para tantos desclasados desparramados en las historias de los montes; para que los cielos que bañen Quercus, repartan las mismas gotas de justicia para todos; y ente todos y todas, su nieta y estrella en la noche que le llama abuelo. Ella es Muna, pero también podría ser Luna, la calle donde nació este singular escritor; luna que le guía en la noche, como la voz de la radio a Tiresias. Para ser esa voz de los silenciados.



 


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