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sábado, 17 de diciembre de 2016

Miradas

Moeder/A todas las madres
Llegando al paraíso, de Samuel Aranda. El País, 19-4-2016.
Una mujer abraza desesperadamente a su hijo
frente a las playas de Lesbos (Grecia). 
   Llegando al paraíso.  ¡Qué ironía! Y es que todas las madres están en esta imagen. Imposible que escape a nuestra retina esta fotografía. El papel que la lleva impresa se vuelve áspero, rasga las venas delicadamente como un fino cuchillo de hielo que viaja hasta el estómago. Luego, en el interior del tabloide, otras mujeres desaparecidas, muertas, maltratadas, en cualquier punto del planeta. 
   A veces también vuelve la madre desde un espectáculo como Moeder/Madre, del grupo belga Peeping Tomes. Agujerean nuestra conciencia colectiva (antes lo habían hecho con padre y llegarán hijos). Desde el escenario nos revuelcan emociones y sentimientos que creímos inamovibles, en ese fuero interno ahora adulto, que se desmoronan cuando nos interrogamos dónde está esa madre que convertimos en roca -a la que nos aferramos hasta no hace mucho-, y que ahora resvala como arena de playa entre nuestros dedos.
    Ha muerto madre. Y estos actores/actrices recrean, con rotundidad gimnástica y descaro estético, todo un punzante y esclerótico duelo. Alguien define la obra como "una partitura de movimientos, danzas y textos que oscilan entre lo perceptible y lo misterioso". 
   Todavía no recupero el socavón en mi rutina, siento desasosiego y desconcierto. Recuerdo vagamente bajar los escalones del Teatro Romea de Murcia en silencio; acongojado ante la intuición del vacío ante la pérdida del ser gestante, y violentado el intelecto con ironía y belleza a un tiempo (por la música y los cuadros esperpénticos). ¿Cómo continuar esta vida tras caer en la certeza de no volver a verla? A madre. Y preguntarme de nuevo, ahora, ¿en quien, o en qué, la he suplantado?
   Nos desnudaron sobre el escenario de la mortaja del día amancebado a lo cotidiano y consumible; con no menos crueldad y dolor, que las madres de Max Aub, de M. Gorki, El testamento de María de Toibin, o de aquella madre que abandonó a sus hijos en la cinta Al este del edén, la que se vislumbra sin existir más que en la locura en Bodas de Sangre de Lorca..., y tantas otras. Saco del bolsillo el libro de otra murciana, Carmen Conde, y su Soy la madre, un canto a la entrega total por el ser que gestó para no transigir ante nadie ni ante el Amor como mujer, todo después de ser madre.
   Llueve torrencialmente por el puente de los Peligros sobre el Segura. Sabe amarga el agua en los labios. Lleva sal del mar de Lesbos.

martes, 22 de marzo de 2016

Miradas

Escena de En Construcción
con Carolina Román, también autora,
y Nelson Dante. Con sabor a Tango. 
En de-construcción

   A la puerta del teatro una joven con un pañuelo blanco que le cubre la cabeza, abrigo deshilachado y falda oscura que cae hasta unos zuecos con calcetines gruesos mojados, alarga su mano hasta casi rozar la mía. Le asoma una segunda manga multicolor por las muñecas y mueve nerviosa cabeza y labios pidiendo unas monedas para un pequeño que se le  supone tiene cobijado en una chabola.
   La obra que acabo de ver cuenta también con una bebé, un personaje invisible, pero estrella y motor en el devenir de sus padres, inmigrantes argentinos a España, una tierra que va apagando con el tiempo las ilusiones de los más débiles y los llegados de fuera. Fue ilusorio que fuera un país próspero, rico y acogedor; aquella madre patria
    Se trata de un montaje con sabor amargo, sutil, subido a las tablas a ritmo de Tango con la belleza del timbre y la riqueza de matices de la actriz y autora Carolina Román y el espléndido Nelson Dante, bajo la dirección de Tristán Ulloa. 
    El final, el sabor cuando se levanta uno de la butaca, es que ante tanta desesperanza descubren que traían en su maleta mucho Amor, y una dosis enorme de fantasía y fuerza en sus venas. Para resistir.
   Al llegar a la boca del metro busco esos rostros oscuros que se pierden entre la negrura de la noche y el miedo al frío en los pasadizos. En las pantallas del andén titubeaban flashes de noticias: "El acuerdo de la CEE con Turquía sobre los refugiados, más cerca". En el vagón un silencio de tarde lluviosa entre paraguas negros, rostros adormecidos y miradas hueras. 
   Mi vecino de asiento abre un periódico deportivo que destaca en primera las vejaciones a las que unos hinchas someten a mujeres mendicantes en la Plaza Mayor. Monedas, trozos de pan, algún escupitajo, billetes ardiendo, risotadas de cafres... Tan sólo un verdadero héroe les reprocha estos desafueros; los más, graban esta farsa con sus móviles. ¿Qué sentirían estos salvajes si fueran sus hermanas o madres que tratan de hacerse con unas monedas para llevarles luego el pan y la leche que parece habérsele agriado en el cerebro?
   Mientras subo por el último rellano a la calle una neblina oculta edificios y sombras. Mis pies notan el cartón reblandecido por el agua, que palpita oscilante y rítmico. Un ser dormita malamente entre el ruido y la humedad aniquilando sus huesos. Rebusco con la mirada entre sus miserables enseres y los vagos destellos de una cacerola oxidada y un cazo llaman mi atención. Siento deseos de robárselos un intante y apalear su panza de acero hasta la madrugada -como En Construcción, la obra que vuelve a mis sienes, cuando salta la cacerolada contra los ladrones en su lejana Argentina-, bajo la ventana de algún Ministerio. Hasta agujerear los tímpanos del granuja parapetado tras la bandera de fondo azul con círculo de estrellas. Europa está en deconstrucción, es incapaz de abrir sus puertas a los desesperados. A sabiendas que millones de anónimos, como tú y como yo, aún cuentan para abrirlas. Pero hemos abandonado la lucha. No salimos a las calles más que cuando atacan lo nuestro, y a veces ni eso. 
   Miro el rostro encogido del mendigo, del sin hogar, y creo que vale más su sueño que el picor de la conciencia pasejero a la salida de un teatro que te ha revuelto las tripas al recordarte que siempre fuiste un paria en tu propia tierra.
P.D.: Mientras escribía estas letras unos asesinos, los mismos otra vez, vuelven a matar. El dolor que sentimos por los inocentes masacrados en Bruselas debe grabarnos, una vez más, que hay que combatir la miseria y la ignorancia del ser humano como condición previa e inapelable en cualquier punto del planeta. Y vuelta a empezar. Sin descanso ni tregua. 

lunes, 18 de enero de 2016

Miradas

El pelo, el color de la piel, la miseria
   Tarde gris de invierno, no muy fría. El viento arremolinándose y golpeando insistentemente la persiana. Entre las manos un libro con una sugerente portada que muestra la fuerza y hermosura de un cabello negro rizado: Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche (Literatura Random House, 2013); y como no, el teléfono móvil sobre la mesa.
   La historia de una adolescente nigeriana, Ifemelu, que marcha a Estados Unidos alejándose de la pobreza por un incesante cruce de dictaduras y colonialismos. Ha dejado allí su amor, Obinze, que algún día espera reunirse con ella en la "tierra prometida". Pero el caos que sufre en una sociedad con modales y formas aparentes para encarar la vida le hacen caer en la conciencia del racismo, los dobles lenguajes, la salvaje lucha por la supervivencia de todos los apátridas que llegan y persisten miserablemente en las calles; hasta preguntarse si algún día acabará convirtiéndose en una “americanah”, como se les llama a los nigerianos que vuelven de aquel país con ínfulas de haber triunfado.
   El libro lleva la cadencia de una autobiografía, seguro, de la autora, que "coquetea" en salones con demócratas o republicanos; que asiste al ascenso de la voz de los negros -de color apelan en lo políticamente correcto-, del propio Obama; que se desliza, y desriza su pelo, para ser "aceptada", y marca la cruz con otras visiones de otros africanos; que vive, busca el Amor desterrado; que intercala un blog donde donde filtra lo que le va ocurriendo, es una universitaria avezada. 
   Estas, son hojas imprescindibles para acercarnos a los pliegues de una falda donde se mecen varios continentes, dos pliegues en este caso, del color de África y América de la mano de alguien a punto de perder su identidad.
Ramana Haruna. Foto de Sani Mikatanga.
www.elmundo.es. 3-1-2016.
   Y he aquí que la vibración del móvil me llama la atención con un nuevo mensaje. Un periódico edita la foto de Rahama Haruna, una mujer de diecinueve años, que se considera afortunada, se le escapa feliz en la entrevista, porque su hermano, de catorce, la lleva sobre su cabeza en una palangana todos los días desde su pueblo Warawa a Kano, una ciudad al norte de Nigeria de casi dos millones de almas. Veinticinco kilómetros para pedir limosna.
   Los brujos le diagnosticaron que había sufrido un ataque de espíritus. Pero lo más duro es escucharle: "He aprendido a crecer sin amigos en la vida. Mi familia son los únicos amigos que tengo. Me llevó mucho tiempo comprender que no todas las personas son iguales. No me importa. Me considero afortunada de estar viva". Llegado este punto es imposible no buscar en el mapa Nigeria y repasar las ferocidades del colonialismo y el robo neoliberal, la tradición sobre religiones impúdicas y supersticiones que han sufrido sus gentes (como en tantísimos otros lugares, claro). 
   Al final la tarde ha tejido, entre Ifemelu y Ramana, lo ficticio y lo real. Y ahora sí que siento el frío, el hielo, ante tanta memoria endeble sobre dos mundos, el que está a todas horas y en todas partes, EEUU, y el invisible, aquel que pasa por desconocida, o peor esclavizada y pisoteada, África.   
   Hipnotizado veo caer la lluvia sobre la calle sucia a través del cristal al alzar la persiana con la noche. Es negrura, tanta como el de estas tantas vidas rotas, algunas como las de las mujeres que han compartido mi tarde supervivientes; son mis verdaderas heroínas. 
   Siento con nostalgia la belleza de la nieve. Aquella que vimos pisoteada por las pezuñas y los surcos de la diligencia de Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino, con una desatada violencia en cualquiera de los perfiles poliédricos de sus personajes. También habrá color, pelo rizado y miseria humana, que explotan ante cuestiones más zafias que las de Ifemelu y Ramana. Y me pregunto, ¿hasta dónde llega el límite de la contención fuera de la pantalla?